Doña Cipriana

Aprendió todos los secretos de la cocina en el mismo valle verde e interminable, cerca del río Tambo, donde crecían los ajíes, el arroz y las papas.

La carne fresca y sazonada con insumos del lugar fue siempre el principal motivo para alegrar el día de su esposo, Don Miguel Ponce Borja, y el de sus hijos. En su arequipeña cocina a leña, con sus ollas de barro y cucharones de madera que ella se mandaba a hacer personalmente, Doña Ciprina hacía magia. Cualquier excusa siempre era buena para visitarla y probar una y otra vez el gusto único que le ponía a todas sus comidas.

Su ‘Chuleta a la parrilla’ era inigualable,

y como toda buena madre, inculcó sus recetas a sus hijas, les impartió el profundo conocimiento del sabor casero. “Tienes que cocinar con alegría y con amor”, era una de las frases que siempre repetía, cada vez que recolectaba las hierbas, hojas y vegetales del campo. Todo recién brindado por la tierra, para sentir la naturaleza y el placer del generoso suelo.

En El Carrisal de Cocachacra, los hijos de Doña Ciprina Torres Tejada y Don Miguel, Evandelina, Raúl, Luis Mery y Luz, descubrieron que podía preparar cualquier tipo de plato. Era como tener un instinto de saber cómo combinar los sabores y cómo agregar cada ingrediente para hacer de cada comida una fiesta. Su comida criolla impresionaba y su comida marina deslumbraba a más de uno: destacaban el ‘Chupe’ y ‘Cebiche’ de camarones, el ‘Arroz con Pato’ y el ‘Cuy chactado’. Pero su Parrilla artesanal siempre fue la reina del sabor, allí se producía lo mejor de su creatividad y su ingenio con todo tipo de carne.



Doña Cipriana siempre cocinó por placer. El placer de ver los rostros de sus hijos y vecinos contentos tras un buen ‘Bistec’ o una ‘Churrasco’ al carbón, el placer de ver a toda la familia reunida, alegre, alrededor de una mesa en Socabaya, Arequipa, y el placer de conocer nuevas personas que se acercaban como invitados para comprobar la verdad de tanta belleza.

“Doña Ciprina, ¿por qué cocina
usted tan, tan rico?”,
le preguntaron una vez.
“Porque siempre he dado lo que
he tenido”, respondió ella,

mostrando la bondad, caridad y desprendimiento que tuvo como filosofía de vida y señalando lo que hizo siempre con su comida: compartirla a todas las personas que pueda, desde que se casó en 1926 hasta que Dios se lo permitiera.

Hoy, Eufemia Luz, última hija de Doña Ciprina, y sus hijos, son sus herederos, quienes continúan con la tradición de poner la Parrilla y las ollas para todos aquellos que quieran probar el sabor noble de su sazón. Sus recetas y su generoso estilo de vida están impregnados en cada uno de los platos que tienen todos sus secretos y que siguen dibujando una sonrisa de placer en cada rostro.